18 abr. 2014

EL MAR ES MÁS QUE EL CIELO por SEMÍRAMIS GÓNZALEZ




Cuando nos enfrentamos cara a cara con una pieza de Eduardo Infante (Gerona, 1973), lo primero que hace nuestro ojo, de manera instintiva, es buscar formas identificables. Al principio parecemos reconocer una figura, pero un segundo después se desdibuja con el fondo.

El artista dice de su trabajo que es una totalidad en la que el dibujo y la pintura caminan juntos, sin distinguirse, y que ambos sirven, en sus posibilidades plásticas, para mostrar mucho más allá de lo evidente. Quizá por esto yo misma sintiera, la primera vez que vi sus piezas, una especie de desconcierto visual; no sabía muy bien si estaba viendo abstracción o figuración. Y probablemente sea esta la cuestión principal para comprender mejor su trabajo: las obras de Infante son un punto intermedio entre ambos, un resquicio en el que jugar, sin miedo a equivocarse, con lo reconocible y lo abstracto.

La Historia del Arte ha tenido como eje principal de debate, durante siglos, la discusión entre los defensores de la imagen y los que la rechazaban. Las religiones monoteístas son, en el fondo, el origen de estas trifulcas. La imposibilidad de representar a Dios como ente reconocible supuso que tanto el judaísmo como el islam optasen por una total iconoclastia en su desarrollo artístico y cultural, dando paso así a la palabra escrita como una personificación de la divinidad. Frente a esto, el cristianismo entendió la imagen de Dios como inviolable pero no así todo lo derivado de esta, como la naturaleza o los Seres Humanos, permitiendo la representación fidedigna de la realidad visible.

Pues bien, Eduardo Infante intenta moverse entre ambos mundos sin decantarse por ninguno, cuestionándose también la veracidad de lo representado, e incluso se atreviéndose a negarlo.

Así, en algunas de sus piezas podemos ver el trazo de una primera figura en dibujo, como en “Prodigio abandonado”, de 2008, y sobre ella su propia inexistencia: el color que se superpone e impide reconocer lo que se esconde debajo. Dibujo frente a color. Figuración frente a abstracción.

Hay, pues, en la producción de Infante un punto de incertidumbre, una duda posible entre nuestra propia imaginería. ¿Qué representa mejor lo inmaterial y lo intangible, la abstracción o la figuración? Sus piezas no intentan ser una respuesta a esto, sino más bien con una continuación de la pregunta, un enfrentamiento directo a esta.

Presentando sus últimas piezas en esta exposición individual en la Parking Gallery, bajo el título de “El mar es más que el cielo”, Infante nos interpela directamente con estas cuestiones, ya que, ¿no es el mar el reflejo del cielo? ¿No es su color azul, intenso, vivo, potente, un espejo en el que se mira el cielo? Estos contrapuestos son una de las preferencias más evidentes de Infante, siempre cuestionando lo definido como estable, contraponiéndolo a algo más para cuestionarlo y de paso utilizando, como aquí, el tema como excusa para retomar el vivo color que protagoniza muchas de sus piezas. Parejas de piezas que se exponen juntas porque incluso en el proceso creativo se han ido estableciendo como contrapuestas.

Es interesante tener en cuenta también que la gama cromática que utiliza Infante es, en muchos de los casos, muy intensa y con colores muy vivos. Manchas que ocupan grandes espacios en la obra y que contrastan con el abocetamiento que se percibe en el trazo del dibujo. La delicadeza de la línea y la fuerza del color perfectamente combinados.

En sus obras encontramos también algunas referencias a la influencia oriental. Es cierto que el uso del papel y el dibujo, especialmente como él lo trabaja, nos remite a China, por ejemplo. Sin embargo aquí hay mucho más: el artista explora las posibilidades plásticas del material para incorporar lo inmaterial, como el vacío. Los grandes huecos que vemos en muchas de las piezas están tan cargados de significado como el dibujo y el color.
Desnudos sutiles con una sensualidad que se percibe a través del trazo casi infantil que Infante impronta en sus obras. Grandes vacíos, manchas de color que ocupan toda la superficie, líneas abocetadas…

Y es precisamente el papel su soporte fetiche uno de los culpables que le vinculan con la influencia oriental. Lo característico del papel es su tactilidad, su permeabilidad, capaz de absorber los colores y marcar más los trazos.
Tampoco es inocente esta relación si observamos cómo la naturaleza, en las piezas del artista, es representada de manera imaginativa, inventada y con un trazo que nos recuerda a nuestra infancia. Montañas a base de triángulos y con apenas un blanco en la cumbre, a modo de nieve, como en “Pink Dead Redemption”, de 2011. Un paisaje confuso, múltiple, ensoñado, a base de grandes manchas superpuestas y líneas imprecisas.

En el fondo, de lo que nos está hablando Eduardo Infante en toda su producción, que ahora muestra en Parking Gallery, es de la dificultad humana para definir su propia existencia. El pensamiento es propiamente, abstracto, pero nuestra realidad material es figurativa, así que, ¿cómo representamos esto en la creación artística? ¿Ha sabido el arte fluctuar entre ambas posiciones? ¿Cómo estar entre las dos sin decantarse por ninguna? La respuesta en las piezas de Infante es una mezcla de ambas, un intento por aproximar lo inmaterial y lo material.

Con esta exposición, “El mar es más que el cielo”, tenemos de nuevo la oportunidad de asomarnos a la ventana que Infante nos abre para ver que la realidad es, más allá de cómo la percibimos, mucho más compleja.



Foto Germán Fernández